BOSQUE DE SECUOYAS, CABEZÓN DE LA SAL

Durante nuestro viaje por Cantabria de la Semana Santa del 2010, una vez visitado COMILLAS, decidimos hacer una pequeña parada en el Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón.

Bastaron unos pocos pasos para que todos empezáramos a hacer lo mismo: levantar la cabeza. Y seguir levantándola. Porque aquellas secuoyas parecían no terminar nunca.

Era la primera vez que veíamos un bosque formado por estos gigantes y, aunque habíamos visto fotografías, una cosa es contemplarlas en una pantalla y otra muy distinta encontrarse bajo ellas, intentando alcanzar con la mirada unas copas que parecían haberse propuesto tocar el cielo.

Por un momento tuvimos la sensación de haber cruzado medio mundo y aparecer en algún rincón de la costa de California, que es precisamente de donde procede la de Sequoia sempervirens, también conocida como secuoya roja. Sin embargo, allí estábamos nosotros, en pleno Cantabria, rodeados por un ejército de árboles que alcanzan de media unos 36 metros de altura, aunque algunos ejemplares se acercan a dimensiones todavía más impresionantes.

Lo curioso es que aquel bosque, que hoy parece surgido de la naturaleza por puro capricho, no estaba allí originalmente. Las secuoyas fueron plantadas a finales de la década de 1940 como una experiencia forestal destinada a estudiar su aprovechamiento maderero. Pero el proyecto nunca llegó a convertirse en lo que sus promotores habían imaginado y, afortunadamente para quienes hoy podemos disfrutarlo, aquellos árboles se quedaron allí creciendo tranquilamente, sin sospechar que acabarían convertidos en una de las estampas más sorprendentes de Cantabria. En 2003, el lugar fue declarado Monumento Natural.

Hoy sobreviven 848 secuoyas en apenas 2,5 hectáreas, formando un bosque tupido y espectacular en el que uno se siente, de repente, bastante más pequeño de lo habitual. Y eso que, si las comparamos con sus parientes americanos, todavía son unas jovencitas.

Porque aquí viene uno de esos datos que hacen que a uno le entren ganas de mirar otra vez hacia arriba: algunas secuoyas pueden vivir más de dos mil años. Es decir, que mientras nosotros intentábamos decidir cuál era el mejor sitio para hacer una foto de familia, aquellos árboles pertenecen a una especie capaz de contemplar el paso de decenas de generaciones.

Nuestro paseo entre aquellos gigantes fue breve, pero de esos que se quedan grabados. Años más tarde tendríamos ocasión de visitar también el bosque de secuoyas de Poio, en Pontevedra, y volveríamos a sentir esa curiosa sensación de encontrarnos ante unos árboles que parecen pertenecer a otro mundo. Pero aquel de Cantabria fue diferente. Fue nuestro estreno. Nuestra primera vez bajo las secuoyas. Y ya se sabe que las primeras veces, cuando además vienen acompañadas de la familia, de un viaje y de una sorpresa inesperada, siempre tienen algo especial.



TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://es.wikipedia.org/wiki/Secuoyas_del_monte_Cabez%C3%B3n

https://turismocabezondelasal.com/bosque-de-secuoyas/  

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BÁRCENA MAYOR

Hay pueblos que parecen sacados de una postal, donde uno siente que se ha colado por accidente en una película medieval… solo que con mochilas, cámaras y toda la familia al completo.

Aquel día de la Semana Santa del 2010, decidimos pasar una jornada “tranquila” visitando este pueblo rústico y pintoresco en el corazón de la reserva del Saja. Y, desde el alojamiento que alquilamos, allá nos fuimos todos: mi mujer y mi hija, mi hermana con su familia, y mi hermano con la suya. Un grupo tan numeroso que parecía una excursión organizada… pero sin guía y con más opiniones.

En cuanto llegamos y pusimos un pie en esas preciosas calles empedradas, el móvil dejó de tener cobertura y el alma empezó a tenerla.

Casas de piedra con balcones de madera, flores por todas partes, y ese silencio que solo se rompe con el murmullo del río.

Bárcena Mayor tiene ese encanto especial de pueblo donde el reloj va despacio, la gente te saluda sin conocerte y hasta el aire parece más limpio.

El plan era dar un paseo tranquilo, pero claro, con tantos, aquello se convirtió en una especie de procesión festiva: uno parando para hacer fotos, otro buscando el mejor ángulo, y todos fascinados con las callejuelas, las fuentes, las flores y hasta una lagartija que parecía disfrutar siendo la protagonista en la foto.

Seguimos caminando hasta el puente de piedra que salva el río Argonza en su rápido descenso desde las montañas. Allí nos quedamos un buen rato observando cómo el agua corría clara entre las rocas, disfrutando del paisaje y del frescor del aire.





Nos detuvimos un rato en la plaza donde se encuentra el antiguo lavadero, antes de seguir callejeando entre casonas de piedra y balcones rebosantes de flores.

Bajo uno de ellos, una buena parte del grupo posó sonriente para la foto de recuerdo, de esas que con el tiempo te hacen revivir el momento con solo mirarlas.

Cada rincón de Bárcena Mayor parecía pedir una foto, pero también invitaba a mirar sin prisa.


Las estrechas callejuelas nos iban descubriendo nuevos ángulos, como la sencilla iglesia del siglo XVII, dedicada a Santa María, que se alzaba discreta pero hermosa en medio del pueblo.

Fue un día de esos sencillos pero redondos, donde no hace falta más plan que dejarse llevar sin mapas ni cobertura.

Ya con la cámara llena de recuerdos, entre risas y bromas de familia, el tiempo se nos escapó sin darnos cuenta y alguien comentó: ¡Habrá que volver! A lo que todos asentimos. Porque Bárcena Mayor no solo es uno de Los Pueblos Más Bonitos de España: es de esos sitios que te recuerda lo sencillo que puede ser pasarlo bien en familia y disfrutar de las pequeñas cosas.

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